Durante mucho tiempo, meses, años quizás, Mauricio perdió el arte de soñar. Ya no podía caminar por las paredes. Sus sueños eran grises, una prolongación inane de las mezquindades de vigilia. Una noche subía en calcetines una calle de barro.  Otro un pilón rebosante de orines y el chorrillo fatalmente a la pernera del chandal. Su pequeñez no hallaba consuelo ni en la fase REM.

Mauricio trató de recordar la última vez que soñó algo interesante.   Y el confinamiento de la pandemia.  más grises, inanes, anodinos, tediosos. El estado de irritabilidad causado por el confinamiento, se sumaba al de millones. Egregor de estupor global. Donde la gente olvidaba la radical diferencia entre un martes y un viernes. Habían transcurrido sin fanfarria fiestas paganas y cristianas,  andaluzas y catalanas: el equinoccio de primavera, el Domingo de Ramos, la Pascua, la feria de Abril y San Jordi.  Solo los memes, la vírgen sobre el robot. Los no esenciales. Los parados. Los niños. Los ancianos. LA Humanidad. Pero ese.  En ese estado su bipolaridad invertía su polaridad misantropía y filantropía, con la de un horno microondas.

En aquella soledad se agudizaba su dificultad verbal. rapidamene los monosílabos por gruñidos, bufidos, y demás guturales de la cadena trófica. Su compañera de piso. Políticos.  Para ordenar su pensamientos había decidido escribir a diario. Pero se le ocurrían tantas cosas pensar, que no sabía por cual empezar.

El jueves 23 de abril de 2020 era el día 38 de confinamiento en Madrid. Que perder lo único: sincerarse, ¿Qué sientes; Mauricio? de preguntó. Me siento atrapado en una ratonera, se contestó. No es que, mi abuelo, mi padre yendo y viniendo del Ramón y Cajla para darse radio terapia. Pero Se atrevió a decir lo que pensaba. Una Bufidos, aullidos, de personas que le reprocharon su insignificancia moral. Sentía que as su alrededor. Que aquiescencia. Por ejemplo. Otra cosa: es que la extrema derecha, cuando su salvaje. Se preguntaba anarquista individualista, anarcosindicalista. Anarco. O primitivista. Solo soñaba. Pero otras veces era. Una cosa: Era cobarde, cobarde.

Escribió un texto tratando de poner, la rabia, la pena.

Aquella noche, Mauricio volvió a soñar como antes.  Estaba el portal de la casa de sus padres y vio bajar por las escaleras a Paloma,  su vecina de infancia.  No se le veía la cara pues tenía el pelo hacia delante, al estilo que Sadako Yamamura puso de moda entre los fantasmas,  pero más chic, pues su melena era un bob rubio platino.  Transportaba con gran ceremonia una caja de zapatos, y se la entregó a Mauricio. «Están secos», le dijo. «Los monos. Ten cuidado que se pueden despertar». Ya no era Marta Paloma, sino su prima Lisa con el rostro descubierto y ojos de suprema gravedad. Dentro de la caja había unos monitos disecados  pequeños y flacos, que al no tener sujección,  se apelotonaron en un lado de la caja con riesgo de romperse. De pronto uno de los monos abrió los ojos, y Mauricio cerró la caja asustado.

«Se han despertado, ¿verdad?», le dijo su prima.

Subieron a un autobús y Lisa se sentó delante ignorando a Mauricio, que se sentó en un asiento del fondo con la caja en las rodillas y una  creciente inquietud.

El autobús se detuvo  en una calle comercial parecida a Bravo Murillo, y Mauricio se apeó frente a un bar esquinero parecido a la Casa Aurelio. Unos hombres de palillo en boca conversaban echando un pitillo. Un hombre colorado y sudoroso de bigotin encharcado de espuma se le acercó botellín en mano. Le invitó a pasar, donde conversaban palillo en boca. Le llamaba a tomarse algo.

De pronto saltó la tapa de la caja,y saltaron a la calle tres seres chillones, una especie de antropoides del tamaño de niños peludos. Uno abrió una boca de y le crecieron dos larguísimos colmillos de aguja, que quiso hincarle a Mauricio. Él intentó cerrarle la boca, en el sueño sintío físicamente el tacto del cráneo y la mandíbula, y empezó a gritar alertando a la gente: ¡cuidado que os muerden, cuidado que os muerden, no os dejéis morder! En el forcejeo chocó con un puesto de churros en una verbena, y le prendió fuego al bicho con la llama del fogón, pero intuyó que aquello así no se moría.

Mientras el bicho se agitaba,  corrió desesperado en los puestos de un mercadillo, y se zambulló en un corrillo de abuelas gitanas,  cinco o seis zíngaras gordas de fular y  falda floreada,

«¡Abuelas, abuelas, ayuda, necesitamos brujería!». Una de las mujeres soltó un bufido, buff, y le dio la espalda, pero Mauricio no desistió: «Allí hay unos monos vampiros que quieren morder a la gente para contagiarla de su bestialismo. Estaban momificados desde hace siglos y han resucitado. Solo puede deternerlos una brujería  poderosa». En el sueño Mauricio tomó plena conciencia de que sus palabras sonaban a disparate, y dudó de que ninguna le creyera.

fue una abuela de pelo largo y gris. La cámara del sueño quedó enfocada sobre aquella abuela.

Al día siqguiente, supo que su mensaje, visceral, que a los, no quiso decir que había sido. volvió a soñar con la acera llena.

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